«La magia de la primera vez es tan atrapante que apropiarse del lugar solo lleva una noche».
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Dorian da lugar a la armonía, lejos de los ruidos que puedan ofrecer otros lugares.

Mi primera visita a Dorian Gray fue un viernes, hace unos tres años, cuando recién comenzaba a andar por la noche cordobesa. Viernes como aquel 26 de octubre de 2007 en la que una casa que seguramente fue testigo de los avances de Córdoba se transformó para convertirse en lo que hoy es Dorian Gray los viernes y Santa Kitsch los sábados.

La magia de la primera vez es tan atrapante que apropiarse del lugar solo lleva una noche. Esa noche en la que sin querer uno se convierte en parte de ese ambiente y a partir de ese momento siempre es plan ir a Dorian.

Pasaron los meses, y sabiendo que quedaba algo por descubrir, también hubo una primera vuelta por Santa Kitsch. Y sorprendentemente para mí también fue otro mundo, en donde no quedó opción que entregarse al encanto del lugar.

Pese a que cada uno genera su clima y climax, en la esquina de Roque Sáenz Peña y Las Heras se generó un oasis en medio de la jungla de cemento. Pero construir ese ambiente tan particular que posiciona a Dorian/Santa como uno de los clubes más importantes de la escena underground también se hizo con su historial de nombres que ocuparon sus cabinas y se adueñaron del escenario.

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Los sábados, en Santa Kitsch se vive una dimensión sin tapujos ni vergüenzas.

Mi afición por el club, admito, es totalmente a los viernes de Dorian. Más de una vez me han preguntado qué tenía de particular ir a Dorian y no a otro lugar. «Es que vas a tener que ir para entenderlo», suelo responder.

Porque sé perfectamente que cada uno de los que asisten vive su propia experiencia. Explicarlo entre todos sería encontrar alguna palabra o frase unánime, pero surgida de las más diversas sensaciones.

Ese mundo aparte siempre tiene la opción de la armonía ante los ruidos que puedan ofrecer otros lugares. Y nada mejor que la armonía: con la música, con los amigos, con el resto de la gente.

Dorian cumple diez años, aunque empecé a asistir cuando el club ya tenía más de siete de vida. Pero para los que asisten desde 2007, 2010 o empezaron recién en este año, seguramente algo les transmitió ese lugar, tanto que aún mantiene esa vida que pocos lugares pueden soportar durante tanto tiempo, en un mundo y una cultura tan volátil, fugaz y cambiante. Y ajustarse a eso le da potabilidad a su existencia.

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Primer flayer publicitario de Dorian (año 2007)

Todas las fotografías fueron extraídas del perfil de Facebook de Dorian/Santa*