Un análisis que intenta explicar eso que muchxs sentimos el domingo en el Buen Pastor. Un hecho que, más implícito que sabido, marca que somos una generación que venimos a replantear cómo vivimos en la urbe.

La frase fue repetida por varias personas y en distintos momentos: “esto es mostrar lo hermoso que podemos disfrutar de la música y cómo nos cuidamos entre todxs”. El domingo pasado, Musure Music ofreció un espectáculo libre y gratuito en el Paseo del Buen Pastor. Artfaq, May Seguí y Mhauro musicalizaron la tarde en el corazón de Nueva Córdoba, en un espacio que por su historia y actualidad se presta mucho para pensar y pensarnos.

Estas líneas no cronican, como habitualmente haríamos, lo que más de 4.500 personas de diferentes edades vivenciaron. Más bien nos presta a la reflexión tras lo que fue una tarde indiscutiblemente maravillosa.

El concepto de Musure es claro: tecnología, música, cultura y arquitectura mezclados para revalorizar cada uno de esos puntos. Pero justo lo de este domingo abrió la puerta a algo que en Córdoba aún no se había dimensionado, al menos, desde la escena del movimiento de la música electrónica: la apropiación de los espacios públicos.

Y no hay que tener miedo en reconocer que quienes asistimos hicimos un acto meramente político. Porque copamos un espacio para demostrar a la sociedad que todo aquello que los medios de comunicación hegemónicos les dibujaron sobre la escena electrónica claramente no es así.

De la cárcel a la fuente

En Vigilar y Castigar (1977), el gran pensador francés Michel Foucault analiza cómo el poder disciplinario pasó de las ejecuciones públicas, que duraron hasta el fin del renacentismo, a la industria carcelaria de la era moderna como forma de control sobre lxs cuerpxs. La famosa teoría del “ojo que todo lo ve”. Sin ánimos de ser reduccionistas de tan complejo pensamiento ni agobiar con el mismo, podemos remarcar que para él “estamos constituidos en relaciones de poder de las cuales no tenemos posibilidad de escapar”.

No es casual mencionar esto: el Paseo del Buen Pastor antes de ser el espacio que es hoy, fue primero un centro religioso de ayuda a mujeres en conflictos con la ley; luego se transformó en una cárcel para mujeres y hasta ocurrieron cruentas torturas como centro de detención durante la última Dictadura Cívico-Eclesiástica-Militar.

Rodrigo Salcedo Hansen en “El espacio público en el debate actual: una reflexión crítica sobre el urbanismo post-moderno” deja claro que Michel no pudo definir, y que autores como Antonio Gramsci o Michel De Certeau sí lo hicieron, el entender el espacio público como dialéctica de conflicto constante entre las fuerzas hegemónicas (el Estado o los medios de comunicación) y discursos alternativos de resistencia, como podemos decir que propone la electrónica.

Salcedo Hansen agrega que esa hegemonía social naturaliza el uso de los espacios, generando conductas o modos de habitar inconscientes, pero que las prácticas de resistencia proponen nuevos sentidos y usos del espacio. Si bien ya vimos a Elio Riso en la Capilla del Buen Pastor, acá la cuestión fue distinta. ¿Por qué? Por el simple hecho de que en una mediaba una «lógica privada» (cobro de entrada), como plantean estos autores, a diferencia del acceso público libre, como fue el domingo pasado.

Unas 4.500 personas se acercaron a la apertura del Festival Aplaudamos a las Bandas, de la Agencia Córdoba Cultura (Musure Music)

Sí, resistencia

Hace poco más de un mes, un sacudón importante volvió a exponer a la escena ante las miradas más críticas y estigmatizantes: las del periodismo de los medios representativos de esa clase que ostenta su poder y elitismo, la que despotrica contra todo movimiento embanderado por la juventud. Y la música electrónica es hoy una de esas banderas que se están empezando a instalar en la mirada de absolutamente todxs.

Además de los medios especializados en este movimiento o el excepcional artículo de La Voz del Interior del 11 de octubre, muchxs a través de redes sociales intentaron defender del vox populi demonizante con el que se cargaron a la escena el mes pasado. Y solo por mencionar el hecho más cercano que ocurrió.

Algo está claro: las prácticas de resistencia no se encuentran al mismo nivel que las prácticas socio-espaciales de la hegemonía. “Se dan en los márgenes […], alterando los sentidos y usos espaciales pero sin constituir discursos totalizantes que nos propongan un conjunto de prácticas completamente diferente, basado en premisas y valores diferentes a los hegemónicos”, explica Salcedo Hansen.

El Paseo del Buen Pastor hace tiempo que no reunía tanto público en un evento gratuito (Musure Music)

¿Qué valores? 

“Ideales como libertad, igualdad, tolerancia y respeto a la diferencia, que fueron señas de identidad de la perspectiva democrática en la que surgió la ciudad, han sido reemplazados gradualmente por la fragmentación y la separación estricta de los espacios, avalada por una seguridad cada vez más sofisticada y estructurada sobre el aumento de la desigualdad”, dicen Héctor Berroeta Torres y Tomeu Vidal Moranta en “La noción de espacio público y la configuración de la ciudad”.

Allí mismo citan a Caldeira, quien en el 2000 afirmó que esas estrategias “introducen transformaciones en el paisaje urbano que afectan patrones de circulación, hábitos y rutinas relacionadas con el uso de las calles, del transporte público, de los parques y de los espacios públicos en general”.

Sin ir más lejos, ¿recuerdan cuando se cuestionó el uso del Cabildo Histórico de Córdoba, en un evento también de Musure, porque consideraron que la electrónica «no era cultura»? Ese fue un día donde la emoción fue particular para quien se haya dado cuenta de que la comunidad LGBTQI+ estaba pinchando y bailando en el mismo espacio que durante la Dictadura, e incluso hasta fines de los ‘90, funcionaba como lugar de detención y vejación contra homosexuales, trans y trabajadorxs sexuales.

Jóvenes, padres, madres, niñxs. Un crisol de personas disfrutó el evento del pasado domingo (Musure Music)

Jaqueando la ciudad

Aunque no lo parezca y pase desapercibido, hicimos una muestra de cómo podemos expropiar un espacio público en una ciudad que, como tantas otras del mundo, está perdiendo el principio democratizante de su uso. Fundamentalmente por la imparable privatización urbana y el incremento del uso de la hipevigilancia y el control.

En la sociedad actual se regenera la capacidad que tiene el espacio público de fortalecer la identidad colectiva a través de la apropiación de la historia y la actualización del pasado de una sociedad, con la inclusión de nuevos contenidos que se instalan en el. Eventos que antes eran considerados propios de la esfera íntima, actualmente se presentan como contenidos que alcanzan el interés general.

Para autores post-modernos, hay una diferencia central entre el espacio público moderno y los enclaves pseudo-públicos – como son los centros comerciales, o en nuestro caso los eventos masivos de las grandes producciones -. El primero busca generar encuentro, diálogo y ciudadanía. Los segundos buscan expresar y expandir el diferencial en las relaciones de poder.

Esa es la línea para que la escena se fortalezca: salir de los espacios privados, hacerlo accesible, romper con esa noción de que la música electrónica es solo para determinados estamentos sociales; y que solo pueden manejar determinados elitismos. Hay una nueva generación que el domingo se reunió para demostrar una sola cosa: podemos poner en jaque todo eso.