Córdoba no dejará de consolidarse en la música electrónica por la talla de nombres que se bajan, pero las grandes productoras deberán no perder el foco en lo más importante que tienen: el público.
(Archivo/Doctaclub)

Cerrando el 2018, en un balance realizado por un medio colega de Buenos Aires, un productor cordobés fue tajante en el aspecto negativo que encontró de la escena durante el año pasado: “la música electrónica debería ser la primera y la última instancia, y hoy la escena corre atrás del tamaño del cartel, del predio, de los organizadores. Leo con un poco de desesperanza que gran parte del público está más pendiente del precio del agua que de la música, hasta pareciera que les importara más que haya muchas pantallas a que suene bien”.

Pero la minimización a la que cayó no es novedad. Sí lo es tomar esos cuestionamientos como algo de “desesperanza”, cuando en realidad debería tomarse como una construcción.

Por un lado, siempre será cuestionable que un producto como el agua se venda hasta cinco veces más caro que el precio de costo. Más aún siendo el de mayor salida en las barras y que por obligación, al menos en capital, se deban colocar bidones para acceder gratuitamente a ella. Por otro, lógicamente que las miradas caerán también sobre el nivel de producción de los eventos y de los nombres que están por detrás de cada productora.

A lo largo de este año, diferentes situaciones se dieron durante las presentaciones. Sí, pudieron haber sido musicalmente de las mejores para mucha gente, pero que a nivel producción dejaron algunas cosas a mejorar.

Con la actual crisis económica, las productoras de mayor envergadura lograron seguir manteniendo la talla de renombres en sus cartelerías. Pagadxs en dólares, fluctuando con sus arcas por la volatilidad de la moneda.

En la otra cara, las pequeñas productoras que solamente se mueven entre la constante devaluación del peso argentino. Las que enfrentan el desafío de tratar de mantenerse en pie, sin perder la calidad de los eventos que también son de alto nivel musical.

La diferencia está en el trato al público desde el nivel organizativo. Los eventos que cobran las entradas más caras son quienes más cuestionan que la audiencia les mire los errores de sonido o los once cortes de luz consecutivos. Alimentan una posición que suena como “agradezcan que bajamos tremendos artistas”. En cambio, quienes la hacen desde abajo se toman más el trabajo de cuidar a sus audiencias, tomando constructivamente aquello en lo que están fallando.

Más que a la vista está el ejemplo de quienes trabajan la fidelización innovando en la oferta. No solamente contentar por el nombre que baja, sino también asegurar que el entorno sea realmente amigable y atractivo para quienes asistimos. Y también a la vista está quiénes mostraron hasta enojo con el público, que abona hasta mil pesos por sus entradas y que les remarca algo que no están haciendo bien.

¿Acaso por solamente traer muy buena música tenemos que agradecer calladxs e ignorar, por ejemplo, la desorganización en los ingresos y boleterías; los destratos de los servicios de seguridad contratados; que se les mojen cables poniendo en riesgo integridades físicas; o la improvisación de cambiar de lugar a último momento por no estar ordenados de papeles?

Sabemos perfectamente también qué implica el solo hecho de ser eventos de música electrónica. Trae por detrás exigencias puntuales del Estado para garantizar la seguridad, con servicios médicos esenciales y demás puntos fundamentales. Sobre todo aprendidos de la experiencia, hasta de las trágicas. 

Hay otros puntos que no se los exige ningún organismo contralor. Las del público que así como los eligen para abonar sus pases y devolverles lo invertido a la caja; también tiene el derecho de recalcar aquello que nos frustra que siga pasando. Gracias por lxs artistas que bajan, en serio. Solamente deseamos que en la nueva temporada que se aproxima no pierdan el foco en lo más importante que tienen: nosotrxs, su público.