En el interior de las provincias, donde no están las grandes urbes, también hay intenciones de fortalecer la música electrónica. Qué vi de mi última vuelta por Rafaela (Santa Fe), la misma ciudad que me hizo descubrir la escena.

La primera vez que descubrí la magia de las fiestas electrónicas fue una noche muy fría. Eran las primeras horas de agosto de 2015 y junto a unxs amigxs nos dirigimos a Sunchales, cerca de Rafaela, ciudad del oeste santafesino donde viví por diez años. En la pista del boliche donde se iba a hacer la Buda Fest, muy conocida en la zona, Lolu Menayed comenzó a tocar pasada la 1 de la madrugada.

Antes de eso, al menos tres veces, ya había asistido a eventos en bares, que no convocaron más de veinte personas. Recién esa noche de agosto comencé a dimensionar el nuevo mundo en el que estaba metiéndome. Pasaron tres años desde que dejé la ciudad para volver a Córdoba. En el último agosto, que volví de visita, me pareció que por fuera la ciudad no tenía muchos cambios.

Pero en el circuito de la nocturnidad noté que algo en realidad sí ha cambiado. Y lo está haciendo la generación que comenzó a convivir con una ciudad que recién ahora comienza a experimentar una fuerte transformación.

Fue en la Gloss, un evento de dos pistas donde la comunidad electrónica y la LGBTQI+ disfrutan en plenitud su noche de liberaciones en un boliche ubicado en una reconocida esquina casi en las afueras de la ciudad, a unas 25 cuadras de la plaza central. Esa noche, las bandejas fueron de Zone 7.

Zone 7 (Gloss Party)

La ciudad pueblo

Estamos hablando de una ciudad que roza los 115 mil habitantes. Las grandes ciudades más cercanas: Santa Fe a 100 kilómetros, Rosario a 250 y Córdoba a 290. Como polos universitarios, las urbes acaparaban un importante caudal de migración de jóvenes que decidían seguir sus estudios lejos de casa porque la oferta académica era limitada y muy cara. Como lugares de eventos, lógicamente, es allí a donde van los principales DJs internacionales en sus giras argentinas.

Con la aparición de la Universidad Nacional de Rafaela en 2015, se acentuó el movimiento interno y de quienes son de los poblados de los alrededores, que por razones de distancia y económicas ponen a la ciudad como núcleo.

En su blog, Matías Martínez Sella, un joven dirigente socialista de esa ciudad, publicó hace unas semanas un interesante análisis sobre qué está sucediendo en Rafaela: está pasando de ser la vieja ciudad-pueblo a una nueva ciudad-urbe industrializada latinoamericana. «Esta transformación no es inerte, sino que trae aparejadas nuevas problemáticas y desafíos para nuestra comunidad», dice.

Menciona de cómo la industrialización de Chicago explica un fenómeno ante el crecimiento: la forma de sociabilizar con sus coterráneos, que comienzan a dejar de percibir una ciudad donde “todos se conocen con todos”. Lo mismo pasó con Detroit, que ante la primera crisis socioeconómica afectada directamente por la quiebra de las industrias automotrices provocó el nacimiento de su escena techno.

Rafaela, desde la plaza central (Gastón Areco Bravo/Archivo)

Escena testigo

Detrás del crecimiento, de igual manera, siguen dándose costumbres arraigadas en la fisonomía de la sociedad rafaelina. Allí, los juegos del poder también pueden evidenciarse incluso hasta en los medios de comunicación.

Noviembre de 2015. Un evento en un pequeño boliche iba a ser noticia de tapa de uno de los diarios principales de la ciudad, con fuertes vínculos con la cúpula policial local. Un operativo se había montado con el objetivo de destacar, mediáticamente, el trabajo de la Brigada Antidrogas que se había creado recientemente. La labor de ese escuadrón era muy cuestionado por los resultados negativos y los escándalos en los que permanentemente se veían envueltas las fuerzas de seguridad.

Pero algo falló. El procedimiento no se realizó y la gran tapa de ese diario no salió con el titular planeado: se enfocó en “la novedad” que les había generado el hallazgo de popper. Incluso en las radios se habló solo de ese tema. Así, la escena de Rafaela esquivó un primer intento (quizás no último) de demonización, porque justo a la par comenzaron a aparecer eventos de música electrónica con más asiduidad.

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Si bien la escena tuvo momentos de estancamiento, ahora renace ante una ciudad que en los próximos cinco años perfila aumentar su movimiento de estudiantes universitarixs. Según el instituto de estadísticas municipal, más del 60% de lxs estudiantes de enseñanza media se van a quedar en la ciudad para seguir cursando la universidad o terciarios. Sin contar a quienes se mueven desde los poblados cercanos.

A la par, también comenzaron a aparecer con mayor visibilidad los reclamos de la comunidad LGBTQI+. Desde 2015, en la ciudad se realiza la manifestación de las disidencias, con el revuelo que implica para una ciudad que aún se aferra también a una estructura social catolicista. Y al igual que muchas ciudades del mundo, incluso de Argentina, es justamente uno de los pilares fundamentales para el desarrollo de una escena más consolidada.

La ciudad roza los 115 mil habitantes (Municipalidad de Rafaela/Archivo)

El desafío del desarrollo

Rafaela ahora experimenta una buena oportunidad para las nuevas generaciones que comienzan a cuestionar el establishment de los valores de una ciudad tradicionalista y costumbrista. Pero no solo cuestionar de palabra, sino también desde las artes: desarrollar una escena electrónica integrada y plantear nuevos valores locales es una decisión política, porque romperán con esas estructuras.

Como herramienta de liberación, incluso. Porque comenzarán a debatirse muchas cosas en mira hacia una ciudad cada vez más juvenil. Aunque no lo parezca hoy, gracias a la escena electrónica se darán nuevas lógicas de pensarse como ciudadanxs dentro de esta urbe

Rafaela ahora no solo se enfrenta a las realidades de una ciudad con crecimiento demográfico rápido. Incluso en algún momento el Estado local, que desde hace años se ha posicionado con un fuerte enfoque y acción para con el campo artístico, deberá reconocer la aparición de la electrónica como movimiento cultural.

En las escenas de las no capitales también hay ganas de crecimiento. Por eso hay que apostar por ellas, porque son una parte más (y fundamental) de la federalización de la cultura electrónica.